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Jueves, 02 de Septiembre de 2010 - 06:16 p.m.
Terremoto de 1985 en el DF, 20 años de una tragedia que impactó a México 
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El terremoto del 19 de septiembre de 1985, ocurrido en la parte central de México, causó miles de muertos y destruyó un gran número de edificios en el Distrito Federal.

Los datos iniciales fueron confusos, los servicios informativos de radio y televisión tardaron unas horas en retomar sus emisiones. El sismo, de 8.1 grados en la escala de Richter, se inició las 07:19 a.m. del día 19 de septiembre y duró entre 90 y 180 segundos causando gran destrucción en la Ciudad de México y en otras partes del país. El epicentro se encontró frente a las costas de Guerrero y Michoacán. En la noche del día 20 de septiembre se repitió un sismo de 7.5 grados causando aún más desastres.

Aún sin las cifras exactas se estima en listas oficiales 10.000 muertes y 5.000 desaparecidos, debido a la censura impuesta por el gobierno en México, poco se sabe sobre la veracidad de las mismas.
Tanto el edificio de Televisa Chapultepec como el Hospital Juárez se desplomaron. El edificio de departamentos Nuevo León en Tlatelolco, el Centro Médico Nacional, una factoría de costura en San Antonio Abad y el lujoso Hotel Regis -anexo a la Alameda Central - quedaron reducidos a escombros. Hubo gente que fue rescatada viva entre los derrumbes hasta diez días después de ocurrido el primer sismo.

Unos mil edificios de la ciudad quedaron totalmente destruidos y más de cinco mil sufrieron daños estructurales.

Crónicas del desastre

La segunda parte de esta materia sobre el terremoto trae dos relatos de personas que vivenciaron los acontecimientos trágicos de 1985 en la Ciudad de México el 19 de septiembre.

La torres tronaban...
Enoc Ramírez Alumno del 4to año de Teología

Estaba frente al espejo peinándome para ir a la escuela. Mi mamá  preparaba el desayuno y mi papá aún no se levantaba. Nadie prestaba atención a Guillermo Ochoa en la televisión.
De repente, se escuchó un ruido muy extraño. Dejé de peinarme porque el espejo comenzó a sacudirse bruscamente. Las torres de madera que estaban frente a mi casa tronaban...los muros de las otras casas chocaban unos con otros. En la televisión los comentaristas estaban atónitos pero permanecieron tranquilos, a pesar de que las lámparas del estudio parecían caerse...de pronto, se perdió la señal. Nos quedamos sin luz.

Estaba muy asustado; a mis siete años jamás había experimentado algo así. Para disminuir mi espanto, papá comenzó a reírse. Me abrazó fuerte y me dijo:“no pasa nada hijo”. Sin embargo, sabía que algo grave ocurría. Nuestra única preocupación en ese momento fue mi hermana, quien se había ido a la secundaria, pero gracias a Dios ella regresó  salva a casa. Todos los alumnos regresaron a sus hogares. Las clases se suspendieron durante un mes, ya que muchas instituciones tuvieron severos daños.

La zona más devastada fue el Centro Histórico. Era difícil ir ahí, puesto que estaba bloqueado, las  avenidas se habían partido. Yo fui ahí después de quince días de lo ocurrido. Al caminar, podía sentirse el olor de la muerte entre las calles.

Por mucho tiempo estuvimos sin agua. Había ocasiones en las que por radio se anunciaba la suspensión de luz, a partir de las 8 p.m. Las recomendaciones eran que tuviéramos los documentos personales a la mano, víveres y, sobre todo, que por ningún motivo encendiéramos cerillos, puesto que había fugas de gas.

La comida comenzó a escasear en la ciudad, porque los camiones que la abastecían no podían entrar.
En la iglesia se hicieron brigadas. Los sábados se tarde ayudaban a distribuir ropa y despensas en los albergues. Los miércoles, viernes, sábados y domingos la iglesia se llenaba y muchos hermanos contaban sus experiencias, muchas de ellas desgarradoras. Le agradezco a Dios porque a pesar de la crisis, mi familia estuvo bien.

Pienso que Dios ha puesto en el corazón de cada uno la bondad, la generosidad, pero somos muy negligentes ante la necesidad de otros, esperamos que haya un caos para sensibilizarnos. No debemos llegar a ese extremo, no esperar a que ocurran estos fenómenos para buscar a Cristo.
Le agradezco mucho a Dios por estar vivo.

Los brazos de ADRA
Ptr. Jorge Dzul

Parecía un día normal. Disfrutando de la aparente tranquilidad, me encontraba viajando a la ciudad de Guadalajara. En cuestión de segundos mi estado de ánimo cambió al ver las escenas del noticiero de Jacobo Zabludovsky mostrando tomas de edificios como el Hospital Infantil y el IMSS de la Cd. de México totalmente en escombros, que lograron estremecerme, pero lo que más me impactó fue ver un edificio como de 10 pisos  que parecía un acordeón, e imaginar lo que más tarde se comprobó: había personas vivas bajo los resto de muebles y concreto.

Representando a ADRA México Norte, nos unimos al Ptr. José M. Espinoza (ADRA México Central) quien en conjunto con el Ptr. Antonio Estrada, formaron un equipo de rescate con un grupo de Guías Mayores,  quienes establecieron un campamento para las personas que quedaron sin hogar, obsequiando carpas, cobijas y comida preparada que compartieron  por varios meses.
Entre las víctimas adventistas se encontraba la esposa de un colportor, quien murió  en el  Hospital Infantil,  mientras se recuperaba del parto esperando ser dada de alta.

Otro caso que me conmovió fue el de una joven de nuestra iglesia llamada Lorena Maribel León, estudiante del CONALEP y quien esa mañana del terremoto se encontraba en un aula del plantel.  Como estaba en un mesabanco, esto le impidió huir, quedando atrapada entre los muebles que a su ves la protegieron del techo que caía sobre ella, impidiendo así, su muerte. Debido al tiempo que pasó con las piernas atrapadas entre los mesabancos, antes de su rescate, la joven perdió sus piernas. Tuvo la oportunidad de ser trasladada y atendida en el Hospital Adventista de Loma Linda.

Algunos meses más tarde, como resultado de rehabilitaciones y la ayuda de una prótesis, algunos jóvenes que participaron en su rescate, familiares y amigos tuvieron el privilegio de recibirla  haciendo una gran valla en el aeropuerto, donde conmovió a quienes  pudieron verla  caminar por sí misma. Ahora ella puede disfrutar de una vida normal con la bendición que Dios le dio de formar un hogar cristiano con el apoyo y admiración de quienes la conocen.

Todas las personas que participaron en la ayuda brindada ese año, tiene una historia que contar. Agradecemos a Dios por permitirnos ser parte de este gran cuerpo que es la Iglesia Adventista del Séptimo Día y por permitirnos haber sido los brazos de ADRA.




 
Escrito por: Dulce Monjaráz y Blanca Hernández
Jueves, 06 de Octubre de 2005

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