Los
datos iniciales fueron confusos, los servicios informativos de radio y
televisión tardaron unas horas en retomar sus emisiones. El sismo, de
8.1 grados en la escala de Richter, se inició las 07:19 a.m. del día 19
de septiembre y duró entre 90 y 180 segundos causando gran destrucción
en la Ciudad de México y en otras partes del país. El epicentro se
encontró frente a las costas de Guerrero y Michoacán. En la noche del
día 20 de septiembre se repitió un sismo de 7.5 grados causando aún más
desastres.
Aún sin las cifras exactas se estima en listas oficiales 10.000 muertes
y 5.000 desaparecidos, debido a la censura impuesta por el gobierno en
México, poco se sabe sobre la veracidad de las mismas.
Tanto el edificio de Televisa Chapultepec como el Hospital Juárez se
desplomaron. El edificio de departamentos Nuevo León en Tlatelolco, el
Centro Médico Nacional, una factoría de costura en San Antonio Abad y
el lujoso Hotel Regis -anexo a la Alameda Central - quedaron reducidos
a escombros. Hubo gente que fue rescatada viva entre los derrumbes
hasta diez días después de ocurrido el primer sismo.
Unos mil edificios de la ciudad quedaron totalmente destruidos y más de cinco mil sufrieron daños estructurales.
Crónicas del desastre
La segunda parte de esta materia sobre el terremoto trae dos relatos de
personas que vivenciaron los acontecimientos trágicos de 1985 en la
Ciudad de México el 19 de septiembre.
La torres tronaban...
Enoc Ramírez Alumno del 4to año de Teología
Estaba
frente al espejo peinándome para ir a la escuela. Mi mamá
preparaba el desayuno y mi papá aún no se levantaba. Nadie prestaba
atención a Guillermo Ochoa en la televisión.
De repente, se escuchó un ruido muy extraño. Dejé de peinarme porque el
espejo comenzó a sacudirse bruscamente. Las torres de madera que
estaban frente a mi casa tronaban...los muros de las otras casas
chocaban unos con otros. En la televisión los comentaristas estaban
atónitos pero permanecieron tranquilos, a pesar de que las lámparas del
estudio parecían caerse...de pronto, se perdió la señal. Nos quedamos
sin luz.
Estaba
muy asustado; a mis siete años jamás había experimentado algo así. Para
disminuir mi espanto, papá comenzó a reírse. Me abrazó fuerte y me
dijo:“no pasa nada hijo”. Sin embargo, sabía que algo grave ocurría.
Nuestra única preocupación en ese momento fue mi hermana, quien se
había ido a la secundaria, pero gracias a Dios ella regresó salva
a casa. Todos los alumnos regresaron a sus hogares. Las clases se
suspendieron durante un mes, ya que muchas instituciones tuvieron
severos daños.
La
zona más devastada fue el Centro Histórico. Era difícil ir ahí, puesto
que estaba bloqueado, las avenidas se habían partido. Yo fui ahí
después de quince días de lo ocurrido. Al caminar, podía sentirse el
olor de la muerte entre las calles.
Por
mucho tiempo estuvimos sin agua. Había ocasiones en las que por radio
se anunciaba la suspensión de luz, a partir de las 8 p.m. Las
recomendaciones eran que tuviéramos los documentos personales a la
mano, víveres y, sobre todo, que por ningún motivo encendiéramos
cerillos, puesto que había fugas de gas.
La comida comenzó a escasear en la ciudad, porque los camiones que la abastecían no podían entrar.
En la iglesia se hicieron brigadas. Los sábados se tarde ayudaban a
distribuir ropa y despensas en los albergues. Los miércoles, viernes,
sábados y domingos la iglesia se llenaba y muchos hermanos contaban sus
experiencias, muchas de ellas desgarradoras. Le agradezco a Dios porque
a pesar de la crisis, mi familia estuvo bien.
Pienso
que Dios ha puesto en el corazón de cada uno la bondad, la generosidad,
pero somos muy negligentes ante la necesidad de otros, esperamos que
haya un caos para sensibilizarnos. No debemos llegar a ese extremo, no
esperar a que ocurran estos fenómenos para buscar a Cristo.
Le agradezco mucho a Dios por estar vivo.
Los brazos de ADRA
Ptr. Jorge Dzul
Parecía
un día normal. Disfrutando de la aparente tranquilidad, me encontraba
viajando a la ciudad de Guadalajara. En cuestión de segundos mi estado
de ánimo cambió al ver las escenas del noticiero de Jacobo Zabludovsky
mostrando tomas de edificios como el Hospital Infantil y el IMSS de la
Cd. de México totalmente en escombros, que lograron estremecerme, pero
lo que más me impactó fue ver un edificio como de 10 pisos que
parecía un acordeón, e imaginar lo que más tarde se comprobó: había
personas vivas bajo los resto de muebles y concreto.
Representando
a ADRA México Norte, nos unimos al Ptr. José M. Espinoza (ADRA México
Central) quien en conjunto con el Ptr. Antonio Estrada, formaron un
equipo de rescate con un grupo de Guías Mayores, quienes
establecieron un campamento para las personas que quedaron sin hogar,
obsequiando carpas, cobijas y comida preparada que compartieron
por varios meses.
Entre las víctimas adventistas se encontraba la esposa de un colportor,
quien murió en el Hospital Infantil, mientras se
recuperaba del parto esperando ser dada de alta.
Otro
caso que me conmovió fue el de una joven de nuestra iglesia llamada
Lorena Maribel León, estudiante del CONALEP y quien esa mañana del
terremoto se encontraba en un aula del plantel. Como estaba en un
mesabanco, esto le impidió huir, quedando atrapada entre los muebles
que a su ves la protegieron del techo que caía sobre ella, impidiendo
así, su muerte. Debido al tiempo que pasó con las piernas atrapadas
entre los mesabancos, antes de su rescate, la joven perdió sus piernas.
Tuvo la oportunidad de ser trasladada y atendida en el Hospital
Adventista de Loma Linda.
Algunos
meses más tarde, como resultado de rehabilitaciones y la ayuda de una
prótesis, algunos jóvenes que participaron en su rescate, familiares y
amigos tuvieron el privilegio de recibirla haciendo una gran
valla en el aeropuerto, donde conmovió a quienes pudieron
verla caminar por sí misma. Ahora ella puede disfrutar de una
vida normal con la bendición que Dios le dio de formar un hogar
cristiano con el apoyo y admiración de quienes la conocen.
Todas
las personas que participaron en la ayuda brindada ese año, tiene una
historia que contar. Agradecemos a Dios por permitirnos ser parte de
este gran cuerpo que es la Iglesia Adventista del Séptimo Día y por
permitirnos haber sido los brazos de ADRA.